Aquel atardecer, como tantos otros en el huerto, el molino de viento Chicago Air Motor giraba despacito con la brisa suave. Las moras estaban en su punto y el árbol grande nos ofrecía su sombra mientras los niños se acomodaban a los pies de Tío Agustín, que ya tenía lista su ramita en la boca y el sombrero bien puesto.
—Hoy les contaré algo que le pasó a Tomás cuando era más chico —dijo con una sonrisa pícara—.
Aunque al principio se asustó mucho… ahora se ríe cada vez que lo recuerda.
Tomás, ya un poco más grandecito, se tapó la cara con las manos mientras los demás niños lo miraban con ojos curiosos.
—¿Una historia de miedo, tío? —preguntó Rita, la más pequeñita del grupo.
—Pues… depende de cómo lo mires —dijo Tío Agustín con una risa entre dientes—. Resulta que una noche, después de que todos se habían ido a dormir, Tomás se quedó escuchando a escondidas las historias de fantasmas que contaba su abuela con sus hermanas. Yo también estaba ahí, claro. Ella hablaba del “Niño de la Lámpara Verde”, del “Espantajo del Arroyo”, y hasta del “Jinete sin Rostro”.
Tomás, sin hacer ruido, se tapaba con una cobija en la sala fingiendo estar dormido… pero tenía los ojos más abiertos que el portón del rancho.
Los niños rieron. Tomás solo asintió, recordando bien aquella noche.
—Cuando la abuela terminó de contar las historias, me miró de reojo y dijo en voz alta: “Ese niño ya se durmió. Mejor mándenlo a su casa antes de que lo agarre el sereno.” Y yo supe que hablaba de Tomás. Así que le toqué el hombro, y él fingió despertarse.
—¡Yo no quería irme! —protestó Tomás— ¡Estaba tan bueno el cuento!
—¡Ya lo sé, muchacho! Pero lo bueno viene ahora. Verán. El camino del molino a la casa de Tomás no es muy largo, pero esa noche no había luna. Solo el silbido del viento y el crujir del molino acompañaban sus pasos. Tomás iba con el corazón apretado, imaginando al Jinete sin Rostro bajando del cerro o al Espantajo arrastrando sus cadenas por la vereda.
Los ojos de los niños se abrieron como platos.
—Caminaba rápido, mirando para todos lados, cuando de repente… escuchó algo. ¡Tac, tac!… pasos lentos. Se detuvo. El molino giró una vez más, criiiiic, y el viento calló. Entonces, frente a él, dos enormes ojos brillaron en la oscuridad. Fijos. Redondos. ¡Como dos faroles encendidos!
—¡AAAAH! —gritó Rita, abrazando a su primo.
—¡Tomás gritó más fuerte! —dijo Tío Agustín riendo—. Salió corriendo como alma que lleva el diablo, cruzó el patio de la abuela, entró por la puerta y se metió bajo la mesa, temblando como gelatina.
—¿Y qué era, tío? —preguntó un niño, sin parpadear.
—Bueno… salimos todos con lámparas, pensando que se había aparecido el mismísimo espanto. Pero, ¿saben qué era?
Todos negaron con la cabeza, conteniendo la respiración.
—¡Era Pancracio! —dijo Tío Agustín soltando una carcajada—. ¡El burro de Don Eulogio! Se había soltado y andaba paseando tranquilo por el molino. Sus ojos reflejaban la luz de la casa y parecía un fantasma, pero en realidad estaba buscando moras caídas.
Las risas no se hicieron esperar. Tomás también rió, ya sin pena.
—Desde entonces, Tomás ya no le teme a los fantasmas… pero cada vez que ve un burro, se le escapa una sonrisita —concluyó Tío Agustín guiñando un ojo.
Los niños aplaudieron y pidieron otra historia. Pero antes, la abuela Doña María llegó con pan dulce y una olla de atole caliente.
—¡Y ahora, a merendar! —dijo con cariño—. Que ninguna historia se disfruta con el estómago vacío.
Y así, entre risas, moras y panecitos, aquella noche quedó grabada en el corazón de los niños… como una de las tantas veces que el miedo se disuelve con la luz de la verdad.
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