Cuento infantil
Tomás, aterrado, casi se desmaya
El Fantasma del Molino 
¡Y lo que era te hará reír! 
Aquel atardecer, como tantos otros en el huerto, el molino de viento Chicago Air Motor giraba despacito con la brisa suave. Las moras estaban en su punto y el árbol grande nos ofrecía su sombra mientras los niños se acomodaban a los pies de Tío Agustín, que ya tenía lista su ramita en la boca y el sombrero bien puesto.
—Hoy les contaré algo que le pasó a Tomás cuando era más chico —dijo con una sonrisa pícara—.
Aunque al principio se asustó mucho… ahora se ríe cada vez que lo recuerda.
Tomás, ya un poco más grandecito, se tapó la cara con las manos mientras los demás niños lo miraban con ojos curiosos.
—¿Una historia de miedo, tío? —preguntó Rita, la más pequeñita del grupo.
—Pues… depende de cómo lo mires —dijo Tío Agustín con una risa entre dientes—. Resulta que una noche, después de que todos se habían ido a dormir, Tomás se quedó escuchando a escondidas las historias de fantasmas que contaba su abuela con sus hermanas. Yo también estaba ahí, claro. Ella hablaba del “Niño de la Lámpara Verde”, del “Espantajo del Arroyo”, y hasta del “Jinete sin Rostro”.
Tomás, sin hacer ruido, se tapaba con una cobija en la sala fingiendo estar dormido… pero tenía los ojos más abiertos que el portón del rancho.
Los niños rieron. Tomás solo asintió, recordando bien aquella noche.
—Cuando la abuela terminó de contar las historias, me miró de reojo y dijo en voz alta: “Ese niño ya se durmió. Mejor mándenlo a su casa antes de que lo agarre el sereno.” Y yo supe que hablaba de Tomás. Así que le toqué el hombro, y él fingió despertarse.
—¡Yo no quería irme! —protestó Tomás— ¡Estaba tan bueno el cuento!
—¡Ya lo sé, muchacho! Pero lo bueno viene ahora. Verán. El camino del molino a la casa de Tomás no es muy largo, pero esa noche no había luna. Solo el silbido del viento y el crujir del molino acompañaban sus pasos. Tomás iba con el corazón apretado, imaginando al Jinete sin Rostro bajando del cerro o al Espantajo arrastrando sus cadenas por la vereda.
Los ojos de los niños se abrieron como platos.
—Caminaba rápido, mirando para todos lados, cuando de repente… escuchó algo. ¡Tac, tac!… pasos lentos. Se detuvo. El molino giró una vez más, criiiiic, y el viento calló. Entonces, frente a él, dos enormes ojos brillaron en la oscuridad. Fijos. Redondos. ¡Como dos faroles encendidos!
—¡AAAAH! —gritó Rita, abrazando a su primo.
—¡Tomás gritó más fuerte! —dijo Tío Agustín riendo—. Salió corriendo como alma que lleva el diablo, cruzó el patio de la abuela, entró por la puerta y se metió bajo la mesa, temblando como gelatina.
—¿Y qué era, tío? —preguntó un niño, sin parpadear.
—Bueno… salimos todos con lámparas, pensando que se había aparecido el mismísimo espanto. Pero, ¿saben qué era?
Todos negaron con la cabeza, conteniendo la respiración.
—¡Era Pancracio! —dijo Tío Agustín soltando una carcajada—. ¡El burro de Don Eulogio! Se había soltado y andaba paseando tranquilo por el molino. Sus ojos reflejaban la luz de la casa y parecía un fantasma, pero en realidad estaba buscando moras caídas.
Las risas no se hicieron esperar. Tomás también rió, ya sin pena.
—Desde entonces, Tomás ya no le teme a los fantasmas… pero cada vez que ve un burro, se le escapa una sonrisita —concluyó Tío Agustín guiñando un ojo.
Los niños aplaudieron y pidieron otra historia. Pero antes, la abuela Doña María llegó con pan dulce y una olla de atole caliente.
—¡Y ahora, a merendar! —dijo con cariño—. Que ninguna historia se disfruta con el estómago vacío.
Y así, entre risas, moras y panecitos, aquella noche quedó grabada en el corazón de los niños… como una de las tantas veces que el miedo se disuelve con la luz de la verdad.
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Luces Misteriosas en el Molino
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¿Fantasma o Magia? Descúbrelo con Tío Agustín y La Abuela
Las noches en el huerto de la abuela eran, por lo general, tranquilas y apacibles. El canto lejano de los grillos, el murmullo del viento entre los árboles y el suave crujir del viejo molino de viento Chicago Air Motor, componían una melodía que arrullaba a cualquiera. Pero esa noche, algo era distinto.
Sofía fue la primera en notarlo. Al asomarse por la ventana, vio unas luces titilantes cerca del molino, como si un par de ojos flotantes lo rodearan. Llamó a su hermano Tomás y juntos, miraron con asombro aquellas figuras que parecían danzar en el aire.
—¡Es un fantasma! —susurró Tomás, con los ojos abiertos como platos.
—¿Y si es el espíritu del molino? —añadió Sofía, un poco asustada.
Los dos corrieron hasta donde estaba Tío Agustín, que tocaba su guitarra bajo el árbol de moras. Al escucharlos, dejó el instrumento a un lado y frunció el ceño con una sonrisa divertida.
—¿Un fantasma en el molino? Eso sí que no me lo esperaba esta noche, dijo mientras se levantaba.
La Abuela, que venía saliendo con una taza de té, también escuchó la historia.
—Vengan, niños. Vamos todos a ver qué misterio es ese, —propuso ella con calma.
Juntos caminaron con linternas hacia el molino, que crujía suavemente con cada ráfaga de viento. Las luces seguían allí, moviéndose como si bailaran al ritmo del aire. Pero al acercarse un poco más, Tío Agustín soltó una carcajada.
—¡No es un fantasma, niños! ¡Son luciérnagas!
—¿Luciérnagas? —preguntó Sofía, acercándose con curiosidad.
—Así es —confirmó La Abuela—. Una familia entera, por lo que parece. Y mira cómo vuelan, ¡como si dibujaran formas en el aire!
Los niños observaron embelesados. Las pequeñas luces se unían en círculos, espirales y figuras que por momentos parecían una cara sonriente, una estrella o incluso el contorno del molino mismo.
—¡Por eso pensábamos que era un fantasma! —exclamó Tomás—. ¡Qué increíble!
Tío Agustín se agachó junto a ellos y murmuró:
—Las luciérnagas tienen un lenguaje especial con sus luces. A veces lo usan para comunicarse entre ellas. Tal vez esta familia está celebrando algo.
—¿Y si hacemos algo para protegerlas? —sugirió Sofía—. No quiero que nadie las asuste o intente alejarlas del molino.
La Abuela sonrió con ternura.
—Esa es una idea maravillosa. Podríamos poner un letrero que diga: “Hogar de luciérnagas. No molestar”.
Y así lo hicieron. Los niños, con la ayuda de Tío Agustín, pintaron un pequeño cartel que colocaron junto a la base del molino. También buscaron información en libros antiguos de la abuela sobre cómo cuidar ese tipo de insectos.
Al día siguiente, cuando el sol salió, los niños recorrieron el huerto con cuidado, descubriendo pequeñas luciérnagas, aún dormidas sobre las hojas y troncos. Les prepararon pequeños espacios con sombra, agua y flores para que se sintieran cómodas.
Desde aquella noche, las luces danzantes se convirtieron en un espectáculo nocturno en el huerto. Los niños invitaban a sus amigos, quienes venían con mantas para sentarse y observar el ballet de luciérnagas bajo las estrellas. Se volvió tradición escuchar historias contadas por La Abuela, mientras Tío Agustín tocaba su guitarra al ritmo del viento.
Y el viejo molino, en lugar de ser un lugar misterioso, se volvió el rincón más mágico del huerto.
Porque, como bien decía Tío Agustín, “A veces, los fantasmas no dan miedo. Solo están hechos de luz y alas pequeñas que quieren contar una historia brillante.
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Hallan un Cofre Enterrado en el Huerto.
Lo Que Encuentran Adentro es Increíble 

El molino de viento giraba lentamente bajo la brisa de la tarde. Como cada día, los niños se reunían bajo el gran árbol de moras, esperando las historias de Tío Agustín y La Abuela. Pero aquella tarde, en vez de empezar con un cuento, Tío Agustín llegó con la pala al hombro y la ropa cubierta de tierra.
—¡Hoy no les contaré una historia—porque vamos a vivir una! —anunció con una sonrisa misteriosa.
Los niños se miraron intrigados.
—¿Qué pasó, Tío? —preguntó Juanito, el más curioso del grupo.
—Bueno, pues resulta que esta mañana, mientras ayudaba a la Abuela en el huerto, mi pala chocó contra algo duro bajo la tierra. Escarbé un poco y, ¿adivinen qué encontré?
—¿Un hueso de dinosaurio? —dijo Mariana, con los ojos brillando de emoción.
—¡No, un cofre antiguo! —respondió Tío Agustín.
Los niños soltaron una exclamación de asombro, y La Abuela intervino con una risita.
—Hace muchos años, cuando yo era niña, escuché a mi abuelo hablar de un cofre que alguien enterró aquí, en nuestro huerto. Pero con el tiempo, la historia se perdió… hasta hoy.
Los niños saltaron emocionados.
—¡Vamos a abrirlo! —exclamó Ana.
Tío Agustín los guió hasta el huerto, donde el cofre aún estaba medio enterrado. Era de madera gruesa, con herrajes de hierro cubiertos de óxido. En la tapa, grabadas con un cuchillo, se leían unas palabras casi borradas por el tiempo:
“Para quien sepa el verdadero valor de un tesoro.”
—Esto se pone interesante… —murmuró La Abuela.
Con mucho cuidado, Tío Agustín y los niños quitaron la tierra y levantaron el cofre. Pero cuando intentaron abrirlo…
—¡Está cerrado con llave! —se quejó Carlitos.
—¿Dónde estará la llave? —preguntó Laura, inspeccionando el cofre.
La Abuela se cruzó de brazos, pensativa.
—Recuerdo que mi abuelo mencionaba que “la llave no está en el cofre, sino en la historia.”
—Eso suena a acertijo… —dijo Juanito.
—¡Tal vez la respuesta está en una historia que conocía el bisabuelo! —Mariana aplaudió.
La Abuela sonrió y los reunió a todos bajo el árbol de moras.
—Escuchen bien. Hace mucho tiempo, en esta misma tierra, vivía un hombre muy trabajador. Se llamaba Don Julián, y se decía que escondió algo valioso antes de partir en su último viaje. Algunos pensaron que era oro, otros que eran joyas. Pero él dejó una pista en un viejo papel.
—¿Un papel? —preguntaron los niños a coro.
La Abuela sacó un sobre amarillo del bolsillo de su delantal.
—Este lo encontré hace años entre las cosas de mi abuelo. Nunca supe lo que significaba, hasta ahora.
Con manos temblorosas, abrió el sobre y sacó un papel arrugado con una sola frase escrita:
“Donde el sol da su primer abrazo.”
Los niños se quedaron en silencio, pensando.
—¡La morera! —exclamó Ana de repente.
—¡Claro! Todas las mañanas, los primeros rayos del sol iluminan el tronco de este árbol —confirmó Mariana.
Corrieron hasta la base de la morera y comenzaron a escarbar. Tras unos minutos, Carlitos sintió algo duro bajo sus manos.
—¡Aquí hay algo!
Sacaron un pequeño tarro de barro sellado con cera. Dentro, había una llave de bronce. ¡La llave del cofre!
Con gran emoción, corrieron de vuelta al huerto y la Abuela giró la llave en la cerradura. La tapa rechinó al abrirse, y los niños contuvieron la respiración.
Pero en vez de monedas de oro o joyas, encontraron…
Libros viejos, cartas, un diario y un puñado de semillas envueltas en un paño.
—¿Esto es el tesoro? —preguntó Juanito, desconcertado.
Tío Agustín tomó uno de los libros y lo hojeó con cuidado.
—Miren esto. Es el diario de Don Julián.
La Abuela tomó una de las cartas y la leyó en voz alta:
«Si encuentras este cofre, ya has hallado el verdadero tesoro. Aquí guardo las historias de mi familia, las enseñanzas del campo y las semillas que deben continuar creciendo en esta tierra. La riqueza no está en el oro, sino en lo que podemos compartir con quienes vienen después de nosotros.»
Los niños se quedaron en silencio, asimilando aquellas palabras.
—Este es un tesoro de verdad —dijo La Abuela con una sonrisa—. Porque los recuerdos y las historias valen más que el oro.
Tío Agustín cerró el libro con suavidad.
—¿Y qué vamos a hacer con las semillas? —preguntó Carlitos.
—Plantarlas en el huerto, para que crezcan y alimenten a más generaciones —respondió la Abuela.
Esa tarde, todos ayudaron a sembrar las semillas. Y mientras el molino giraba lentamente con el viento, Tío Agustín miró a los niños con orgullo.
—¿Ven? Hoy no solo escucharon una historia. Ustedes fueron parte de ella.
Los niños sonrieron, sintiendo que aquel día, en el huerto, habían encontrado algo mucho más valioso que un cofre lleno de monedas.
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El Taller del Herrero está en Peligro
¿Qué Hará el Pueblo? | Cuento Infantil con Final Sorprendente
En el pueblo, justo en la esquina de la plaza, había un taller de herrería donde siempre resonaban martillazos contra el yunque. Ahí trabajaba Don Ramón, un hombre fuerte de manos callosas y mirada bondadosa. Su talento para forjar herraduras, rejas y herramientas era reconocido por todos. Pero lo más especial de su taller no eran sus creaciones, sino un viejo reloj de cuerda que colgaba en la pared y marcaba cada hora con un sonido grave y pausado.
Los niños decían que el reloj tenía magia, porque mientras sonaba, Don Ramón nunca se detenía de trabajar. Pero un día, el reloj siguió marcando las horas, pero el herrero ya no estaba en su puesto.
Don Ramón se había enfermado. La tos no lo dejaba en paz y, sin poder trabajar, no tenía dinero para pagar la renta del taller. Si no encontraba una solución pronto, tendría que cerrarlo y marcharse del pueblo.
Tío Agustín supo la noticia una tarde, cuando pasó por el taller y vio la puerta cerrada. Eso nunca había pasado. Preocupado, fue con los niños a la casa del herrero y allí, entre tosidos y suspiros, Don Ramón les contó su problema.
—Sin el taller, no sé qué haré. No tengo fuerzas para volver a empezar en otro lugar —dijo, con tristeza.
Tío Agustín acarició su bigote y miró a los niños con una sonrisa cómplice.
—Pues entonces, no permitiremos que pierdas tu taller —dijo con determinación.
Esa misma tarde, Tío Agustín y los niños idearon un plan. Si Don Ramón no podía trabajar, ellos trabajarían por él.
Primero, organizaron una colecta. Fueron casa por casa, explicando la situación a los vecinos, quienes no dudaron en donar harina, leche, verduras y algo de dinero para ayudar al herrero.
Luego, convencieron a los comerciantes del pueblo para que le encargaran trabajo por adelantado. Don Nicolás, el panadero, pidió nuevas rejillas para su horno; Doña Clara, la costurera, necesitaba una percha para colgar telas, y Don Matías, el granjero, quería unas herraduras para su caballo.
Mientras tanto, los niños limpiaron y organizaron el taller para cuando Don Ramón estuviera mejor. Colocaron cada herramienta en su sitio y hasta le dieron cuerda al viejo reloj, como si quisieran que la magia volviera a su hogar.
Poco a poco, gracias al apoyo del pueblo, Don Ramón se recuperó. Cuando volvió a su taller, encontró todo en su sitio y una lista de encargos esperando por él.
—¡Pero esto es maravilloso! —exclamó emocionado.
Tío Agustín sonrió.
—Un taller no es solo un lugar de trabajo, Don Ramón. Es parte del pueblo, y el pueblo nunca abandona a los suyos.
El herrero, conmovido, limpió sus lentes y miró a todos con gratitud.
Desde entonces, el reloj del taller volvió a sonar con su ritmo pausado y constante, pero ahora, cada vez que marcaba la hora, Don Ramón recordaba que lo más valioso no eran sus herramientas ni su forja… sino la comunidad que lo rodeaba.
La Moraleja de esta historia es: «Cuando una comunidad se une, no hay problema que no puedan resolver juntos.»
El Misterioso Silbido del Molino
¿Fantasmas o Algo Más?
| Cuentos para Niños con Intriga y Valores
El viento soplaba suavemente en el huerto de la abuela, meciendo las ramas del árbol de moras y haciendo girar lentamente las aspas del viejo molino de viento. Todo parecía en calma hasta que, una tarde, un extraño sonido comenzó a escucharse en el aire.
—¡Era un ruido extraño y misterioso!—silbaba el molino de una manera inquietante.
Los niños, que jugaban cerca del pozo, se quedaron en silencio. Se miraron unos a otros con asombro y un poco de miedo.
—¿Escucharon eso? —preguntó Mateo, con los ojos muy abiertos.
—Parece un lamento… —susurró Ana, abrazándose a su hermano.
—Tal vez el molino está embrujado —dijo Luis, con voz temblorosa.
Corrieron hasta donde estaba Tío Agustín, quien los recibió con una sonrisa tranquila, sentado bajo la sombra del árbol de moras.
—¡Tío Agustín, el molino está silbando! —dijeron todos a la vez.
El viejo campesino se quitó el sombrero, se rascó la barba y miró el molino con curiosidad.
—Eso no es cosa de fantasmas niños —dijo con calma—. Si el molino suena raro, debe haber una razón. Vamos a investigar.
Con paso firme, caminó hacia el molino, seguido por los niños que, aunque aún tenían miedo, confiaban en que su tío sabría qué hacer.
El sonido se hizo más fuerte cuando se acercaron. Tío Agustín observó las aspas girando lentamente y luego miró hacia la parte superior de la torre.
—Parece que el sonido viene de allá arriba —dijo—. Mateo, tráeme la escalera.
Mateo corrió a buscarla y, con la ayuda de los demás, la apoyaron contra la estructura del molino. Tío Agustín subió con cuidado, sosteniéndose con firmeza en cada peldaño.
Al llegar arriba, entre una de las rendijas de madera, algo se movió.
—¡Ajá! —exclamó—. Aquí está nuestro misterioso silbido.
Los niños esperaban ansiosos abajo.
—¿Qué es, Tío Agustín? —gritó Ana.
Tío Agustin sacó con delicadeza un pequeño bulto de entre las aspas del molino y lo sostuvo en sus manos. Al bajarlo, los niños vieron con sorpresa que se trataba de un pequeño búho, con los ojos muy abiertos y el plumaje alborotado.
—¡Es un búho! —exclamó Luis—. ¿Cómo llegó ahí?
—Parece que quedó atrapado cuando buscaba un lugar seguro para dormir —explicó Tío Agustín—. Sus alas estaban en una mala posición, y cuando el viento pasaba por el hueco donde estaba atrapado, las aspas se movían y el pequeño búho se quejaba de dolor y hacía que el molino silbara.
Los niños miraron al pequeño búho con ternura. Estaba asustado, pero sano.
—Tenemos que curarlo —dijo Ana.
—Así es —asintió Tío Agustín—. Pero antes, debemos asegurarnos de que esté tranquilo.
Prepararon un pequeño nido de paja en una caja y le dieron agua. Ahora, el pequeño búho parecía estar bien. Luego, cuando el sol comenzó a ocultarse y el cielo se tiñó de naranja, llevaron al búho al bosque cercano.
—Vamos, amiguito —susurró Mateo mientras abría la caja.
El búho parpadeó un par de veces y, con un suave batir de alas, se elevó en el aire hasta posarse en una rama. Desde ahí, miró a los niños y, como si entendiera lo que habían hecho por él, lanzó un suave ulular antes de perderse entre los árboles.
Los niños se sintieron felices y orgullosos.
—Hoy aprendimos algo muy importante —dijo Tío Agustín, acomodándose el sombrero—. A veces, los misterios no son lo que parecen. Y cuando trabajamos juntos, podemos resolver cualquier problema.
Los niños sonrieron y miraron al viejo molino, que ahora giraba en silencio, movido por el viento, sin más silbidos y ruidos misteriosos.
Y así, en el huerto de la abuela, terminó otro día lleno de aventuras y aprendizajes.
¿Quién Era Realmente Don Ezequiel? Los Niños Descubrieron la Verdad en su Taller 
Acom��dense bien, niños, porque hoy les contaré algo que pocos en este pueblo saben. Es la historia de un hombre que, como este molino de viento que ven girar, siempre estuvo en movimiento, ayudando a otros sin que nadie lo notara.
Era un día como este, con el sol brillando fuerte y el viento jugando entre las hojas del árbol de moras. Ustedes, revoltosos como siempre, andaban corriendo cerca del molino cuando, sin querer, rompieron una de mis sillas. ¿Lo recuerdan?.
¡Ay, Tío Agustín!, dijeron algunos de los niños con carítas de preocupación—. ¡No fue nuestra intención!
Claro, los niños siempre andan haciendo travesuras. Pero en lugar de enojarme, les propuse una solución:
Fuimos con don Ezequiel. Él sabe más de madera que nadie.
Sus caras cambiaron en ese momento recordando eso de la silla rota. . Don Ezequiel no era alguien con quien quisieran tratar. Es un viejo, callado y con cara de pocos amigos, se dice que nadie lo ha visto sonreír en años.
Cuando llegámos a su carpintería, él nos miró de reojo y gruñó:
¿Y ahora qué quieren?
Le conté lo que había pasado con la silla, y él, después de examinarla, dijo:
Puedo arreglarla… pero estos muchachos van a ayudarme.
Así que ahí se quedaron ustedes, con las manos llenas de aserrín, aprendiendo a lijar y a unir las piezas, pero mientras trabajaban, yo vi algo interesante: sus ojos empezaron a recorrer el taller.
Allí, entre serruchos y tablas, había cosas que no esperaban ver: una cuna nueva esperando ser entregada, una mesa reparada con esmero, y en un rincón, una caja llena de juguetes tallados a mano.
¿Para quien son todos estos juguetes? —preguntó Sofía.
Don Ezequiel suspiró, como si la pregunta lo sorprendiera.
Cuando alguien los necesita, se los doy, respondió sin más.
Y entonces lo entendieron. Ustedes recordaron al niño que recibió un caballito de madera cuando su familia perdió todo en un incendio, o a doña Marta, que de la nada tuvo una puerta nueva después de la tormenta.
¿Fue usted?, preguntó Tomás al viejo carpintero, con los ojos bien abiertos.
Él solo asintió y siguió lijando la silla, como si no fuera algo importante.
Esa tarde, cuando terminaron, no solo llevaron de regreso una silla bien reparada, sino un secreto que antes nadie había sabido ver: el hombre serio y callado del pueblo había pasado su vida ayudando a todos en silencio.
Así fue como don Ezequiel, el viejo carpintero gruñón, se convirtió en alguien inolvidable en este pueblo.
Y eso, muchachos, es algo que nunca deben olvidar: a veces, las personas que parecen más distantes, son las que más han dado sin esperar nada a cambio.
Y así es la vida niños, dijo Tío Agustín mientras el viento jugaba con las hojas del árbol. A veces, los corazones más grandes son los que menos ruido hacen.
El molino de viento giró lentamente, como si también asintiera a sus palabras. Los niños se quedaron en silencio, mirando hacia la carpintería de don Ezequiel a lo lejos, como si de pronto la vieran con otros ojos.
Ahora, vayan y piensen en lo que hoy han aprendido, continuó tío Agustin. Y la próxima vez que pasen frente a alguien que parece serio y callado, recuerden que detrás de cada par de manos arrugadas, hay una historia esperando ser descubierta.
Se inclinó hacia adelante, palmeó su vieja silla, la misma que habían roto y con una sonrisa cómplice, agregó:
Y no se olviden de saludar a don Ezequiel.
Los niños rieron suavemente, y uno a uno, se levantaron para volver a casa. Pero algo había cambiado en ellos. Esa tarde, sus pasos eran más pausados, como si en sus corazones hubieran aprendido algo más valioso que solo reparar una silla.
Y Tío Agustín, con el molino girando a sus espaldas y el árbol de moras susurrando con el viento, los vio alejarse con una satisfacción tranquila, sabiendo que otra experiencia había cumplido su propósito.
El Puente de la amistad. Tras la Tormenta, el Puente Se Perdió. ¿Cómo lo Reconstruyeron?
Bajo el viejo ��rbol de moras, los niños se sentaron en círculo, listos para escuchar una historia. Tío Agustín ajustó su sombrero, miró el horizonte y comenzó:
—Les contaré sobre el día en que una tormenta nos recordó que los puentes no solo unen caminos, sino también corazones.
Aquella noche, el viento rugió con fuerza y la lluvia golpeó la tierra sin descanso. Cuando el sol salió, los habitantes del pueblo encontraron que el viejo puente de madera que cruzaba el río, había desaparecido.
Panchito, un niño inquieto del pueblo, corrió hasta la casa de la abuela:
—¡Abuela, el puente se ha caído!
La abuela dejó su taza de café sobre la mesa y, con la calma que la caracterizaba, caminó hasta el río. Al llegar, encontró a los vecinos reunidos, preocupados y discutiendo.
—Sin el puente, no podemos llevar la cosecha al mercado —dijo José el carpintero.
—Yo no puedo entregar el pan —agregó la señora Tomasa.
—Nuestra cosecha de maíz ya casi esta lista. ¿Como la vamos a llevar al molino?. Habrá que esperar a que el ayuntamiento lo reconstruya —suspiró Don Ramón, el campesino.
Cada quien tenía una opinión distinta, y el problema parecía más grande que la solución.
La abuela, que había escuchado en silencio, alzó la voz con dulzura:
—Escuchen, hijos. Un puente no es solo madera y clavos. Es lo que une a la gente. Si trabajamos juntos, podemos reconstruirlo.
Los niños fueron los primeros en reaccionar. Lalo y Panchito empezaron a recoger ramas y maderas arrastradas por la tormenta. La señora Tomasa trajo clavos. Don Melquiades ofreció sus herramientas. Don Ramón, al ver el entusiasmo, se ofreció a reforzar los tablones.
Pero aún quedaba un problema: todos querían hacer las cosas a su manera.
—Tiene que ser alto —insistía Don Ramón.
—No, no, mejor ancho —dijo Don Melquiades.
Los niños, confundidos, miraron a la abuela.
—Cuando cada quien jala para su lado, no avanzamos —dijo con una sonrisa—. Escuchen a los demás, trabajen juntos y encontrarán la mejor solución.
Los adultos se quedaron en silencio. Hasta Don Melquiades y Don Ramón asintieron.
Y así fue como la magia ocurrió.
Los vecinos dejaron de discutir y comenzaron a escucharse. Los niños aprendieron a usar el martillo, los más fuertes cargaron troncos, y las mujeres prepararon agua fresca para los trabajadores.
Después de varios días de esfuerzo, el puente estaba listo.
La abuela fue la primera en cruzarlo. Se detuvo en el centro y, con una gran sonrisa, dijo:
—Este no es solo un puente de madera. Es un puente de amistad y solidaridad.
Los niños miraron el puente con orgullo. Había sido construido con trabajo, paciencia y, sobre todo, con unión.
Desde aquel día, cada vez que alguien cruzaba el puente, recordaba la lección de la abuela: las cosas más fuertes y mejores, no se construyen con madera, sino con mentes y corazones que trabajan juntos.
Tío Agustín terminó su historia y vio que los niños sonreían.
—Así que ya saben, niños. Cuando vean un problema grande, no se desanimen. Reúnan a su gente, escuchen a los demás y construyan juntos el puente hacia la solución.
El viento sopló entre las ramas del árbol de moras, como si también aplaudiera aquella historia.
A partir de ese día, la abuela brilla como un verdadero pilar de sabiduría y unión.
Un Cristal Mágico en Peligro. ¡Los Niños y Tío Agustín Deben Protegerlo! 

Bajo el cielo estrellado del huerto, el viejo molino de viento Chicago Air Motor giraba lentamente con la brisa nocturna. Desde hacía generaciones, aquel molino escondía un secreto que solo Tío Agustín conocía: en su interior, oculto tras un compartimiento secreto, se encontraba un cristal especial que absorbía la luz de las estrellas y la reflejaba en destellos mágicos.
Aquella noche, mientras los niños escuchaban a Tío Agustín contar historias bajo el árbol de moras, un sonido extraño se escuchó en el molino. Ramiro, el más curioso del grupo, corrió a ver qué sucedía y vio sombras moverse entre la estructura de metal.
—¡Tío Agustín! ¡Alguien está en el molino! —gritó Ramiro con urgencia.
Tío Agustín se levantó de inmediato, ajustándose el sombrero.
—¡Válgame el cielo! Parece que han venido por el cristal —murmuró con el ceño fruncido.
Los niños lo miraron con asombro.
—¿Qué cristal, tío? —preguntó Anita.
—Uno que tiene el brillo de las estrellas y un poder especial. Es un tesoro muy antiguo que ha permanecido oculto para que no caiga en malas manos —respondió Tío Agustín.
Sin perder tiempo, el grupo se acercó sigilosamente al molino. Entre las sombras, vieron a tres hombres vestidos con capas oscuras tratando de forzar la compuerta de madera.
—¡Debemos detenerlos! —susurró Miguel.
—Pero somos solo niños… —dijo Carolina, preocupada.
Tío Agustín sonrió y se agachó a su altura.
—Cuando las estrellas brillan juntas, iluminan hasta la noche más oscura. No hay que ser grandes ni fuertes para hacer lo correcto. Solo debemos trabajar en equipo.
Los niños se miraron entre sí y asintieron con determinación. Con rapidez, idearon un plan: mientras unos lanzaban moras para distraer a los ladrones, otros aflojaban las cuerdas de un viejo saco de harina en lo alto del molino.
—¡Ahora! —gritó Ramiro.
Los malhechores quedaron cubiertos de harina blanca y comenzaron a toser sin poder ver nada. En medio del alboroto, Tío Agustín sacó un silbato de su bolsillo y lo hizo sonar con fuerza. De inmediato, los perros del huerto llegaron corriendo y ladrando, haciendo que los ladrones huyeran despavoridos.
Cuando todo se calmó, los niños entraron al molino y vieron el cristal oculto en su compartimiento secreto. Su luz brillaba más que nunca.
—¡Lo logramos! —exclamó Carolina.
Tío Agustín sonrió con orgullo.
—Porque trabajamos juntos, como las estrellas en el cielo.
Los niños asintieron, comprendiendo que la verdadera magia del cristal no estaba solo en su brillo, sino en la unión y el esfuerzo compartido.
Desde entonces, cada noche se reunían bajo el árbol de moras, mirando el molino y recordando que, mientras estuvieran juntos, nada ni nadie podría apagar su luz.
¡Gracias por acompañarnos en esta aventura!
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¡Algo Extraño Pasó en el Bosque Encantado!
Un Cuento Infantil que No Puedes Perderte
En el coraz��n del bosque encantado, donde los árboles susurraban secretos y el arroyo cantaba dulces melodías, la paz y la armonía reinaban entre los animales y los niños. Sin embargo, un día, una oscura sombra apareció entre los troncos centenarios. Su nombre era Sombrío, un astuto zorro negro de mirada penetrante y palabras envenenadas.
Sombrío no atacaba con garras ni colmillos, sino con mentiras y rumores. Con su voz melosa, susurraba dudas en los oídos de los animales: «El búho se cree más sabio que todos», «Los conejos acaparan la mejor comida», «Los ciervos no quieren compartir el claro». Pronto, la desconfianza se extendió como hiedra venenosa, y la alegría del bosque comenzó a desvanecerse.
Los niños, que solían jugar entre los árboles y aprender de los animales, notaron la tristeza en el ambiente. Fue entonces cuando corrieron a buscar a Tío Agustín, el viejo narrador de historias que siempre tenía una solución para todo.
Sentado bajo su árbol de moras, Tío Agustín los escuchó con atención y acarició su bigote pensativo. «Cuando alguien siembra discordia, hay que arrancar la raíz del problema sin usar violencia», dijo con su voz serena. «Vamos a devolverle al bosque lo que Sombrío le ha robado: la confianza y la amistad».
Con astucia, los niños idearon un plan. Organizaron una gran reunión en el claro y, uno por uno, cada animal compartió lo que había escuchado. Fue entonces cuando se dieron cuenta de que Sombrío los había engañado a todos. Con risas y abrazos, entendieron que la unión era más fuerte que cualquier mentira.
Sombrío, al ver que su plan fracasaba, intentó sembrar más dudas, pero nadie le creyó. Desenmascarado, el zorro negro comprendió que en un bosque donde reinaba la verdad, sus artimañas no tenían poder. Sin enemigos ni seguidores, se marchó con la cola entre las patas.
El bosque recuperó su alegría, y los niños aprendieron una valiosa lección: las palabras pueden construir o destruir, y cuando se usan con sabiduría, pueden vencer incluso a la oscuridad más profunda.
Tío Agustín sonrió satisfecho y, con su ramita de moras en la boca, dijo: «Y así, muchachos, la armonía volvió a nuestro querido bosque encantado».
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Tío Agustín y las Moras Mágicas
| Un Cuento para Niños lleno de Valores y Esperanza 

En el huerto de la abuela, bajo el viejo árbol de moras negras, Tío Agustín se acomodaba en su banco mientras los niños del pueblo se reunían a su alrededor. Era una noche especial de verano , con la luna llena iluminando el cielo y las moras brillando como pequeñas estrellas. Tío Agustín, con su sombrero de alas rectas y su ramita de trigo en la boca, comenzó a contar una historia que, según él, pocos conocían.
“Hace mucho tiempo, estas moras mágicas no solo brillaban de noche, sino que también tenían un propósito especial. Una vez, cuando el bosque era aún más denso y los caminos eran difíciles de recorrer, un grupo de niños se perdió mientras buscaba flores silvestres para un festival.”
Los niños lo miraban fascinados mientras continuaba. “Cuando cayó la noche, la oscuridad los envolvió y empezaron a sentir miedo. Pero entonces, algo maravilloso sucedió. Las moras del viejo árbol comenzaron a desprenderse y flotar en el aire como pequeñas luces. Se movían despacio, iluminando el camino y guiando a los niños de vuelta al huerto, donde sus familias los esperaban ansiosas.”
Tío Agustín hizo una pausa, mirando a los niños con una sonrisa. “¿Y saben por qué las moras los ayudaron?. Porque ellos nunca se rindieron. Mientras caminaban en la oscuridad, se mantenían unidos, cantaban para darse ánimo y confiaban en que encontrarían el camino.”
Uno de los niños preguntó emocionado: “¿Las moras aún pueden hacer eso, Tío Agustín?”
Tío Agustín sonrió con su clásica sonrisa cálida. “Solo si hay alguien con un corazón puro que lo necesite de verdad. Las moras mágicas no solo guían el camino en la oscuridad, sino que también nos recuerdan la importancia de la esperanza y la ayuda mutua. Cuando estamos perdidos, física o emocionalmente, siempre hay una luz que puede guiarnos. Con frecuencia, esa luz está dentro de nosotros mismos.”
Los niños miraron el árbol con asombro, como si esperaran que las moras comenzaran a brillar en ese mismo instante. Y aunque no lo hicieron, algo especial sucedió: una brisa suave movió las ramas del árbol, como si este mismo aprobara la historia de Tío Agustín.
“Y ahora, muchachos,” dijo Tío Agustín mientras se levantaba, “es hora de que regresen a sus casas. No olviden que la esperanza y la unión son las luces más brillantes que pueden tener en sus vidas.”
Con una última mirada al árbol de moras, los niños se despidieron prometiendo volver pronto por otra historia.
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